REFLEXIÓN PERSONAL SOBRE EL CORONAVIRUS

Por Alexander Dugin

Traducción de Juan Gabriel Caro Rivera

El principal problema que tiene la vacunación es el siguiente: la experiencia nos ha demostrado (y me fundamento en dos familiares bastante ancianos que perdí hace poco) que la vacunación no impide que contraigamos el coronavirus y tampoco impide que seamos portadores y transmisores del mismo. Por lo tanto, no existe ninguna diferencia cualitativa entre los vacunados y los no vacunados. El problema, es que ambas partes están convencidas de que sí existe una diferencia cualitativa, especialmente porque los vacunados creen que la vacuna sirve para impedir la infección, lo cual es falso. Es posible que la vacuna evite los peores síntomas de la enfermedad, pero esto último no es un hecho comprobado y he observado que personas vacunadas terminan por enfermarse gravemente. Además, parece que se producen mendo muertes después de recibir la vacuna (incluso estoy dispuesto a admitir que las muertes se reducen significativamente) y se requiere cada vez menos de las UCI, ventiladores mecánicos o las morgues. No obstante, la propaganda que nos venden no nos dice que si nos vacunamos entonces tenderemos menos posibilidades de enfermarnos y morir, sino que nos dice que una vez nos vacunemos no tendremos que preocuparnos de nuevo. Este último argumento a favor de la vacunación no solo es erróneo, sino que también es irresponsable y hasta tiene un carácter criminal ya que induce a creer que el peligro se ha acabado y que no es necesario seguir protegiéndose o tomando precauciones. La muerte es un peligro constante, como todos los demás.

Sin embargo, apoyo que por el momento se imponga un régimen de mascarillas, aislamiento, higiene, uso de guantes, trabajo a distancia y reducción de todo contacto humano – es el precio que pagamos por enfrentar semejante desastre – o al menos hasta que se pueda encontrar una solución mucho mejor y más fiable. Sería un error pensar que la vacunación universal nos ofrece semejante solución, ya que los hechos nos demuestran lo contrario. La aparición de la variante Ómicron ha dejado sin argumentos a todos los defensores acérrimos de la vacunación universal y quizás se trata simplemente de una excusa que reconoce que el virus sigue estando fuera de control. Si hemos llegado al punto de que un idiota como Biden nos llama a todos a vacunarnos, entonces hemos tocado fondo ya que un viejo bastardo como él jamás dará un buen consejo.

Otro problema que he notado desde que inició la pandemia es que tanto las autoridades como las personas desean histéricamente “volver a vivir” como lo hacían antes de que apareciera el COVID-19. Pero catástrofes de semejante magnitud, cuyo final se encuentra bastante distante, no pasan sin dejar huella, ya que tienen un propósito y un significado profundo. Es por eso que lo interpreto como un signo de que el mundo esta cambiando y que será imposible “volver a vivir como lo hacíamos antes”. Mientras sigamos atrapados en semejantes ilusiones lo único que vamos a experimentar será un empeoramiento de las cosas ¿Acaso la variante Ómicron será el fin de todo esto? Creo que no y pienso que solo un cambio fundamental de la realidad podrá llevarnos a un destino mejor.

Cuando contraemos una enferman mortal, dejamos de ser los que éramos antes. Al enfrentar la muerte – tanto la nuestra como la de personas que amamos – terminamos por cambiar interiormente y muy pocos son los que cambian para mejor. Casi siempre, estos acontecimientos límite redefinen nuestras vidas y el COVID-19 es una invitación para que nos replanteemos muchas cosas, especialmente lo siguiente: ¿El rumbo que sigue la humanidad es el correcto? Tal parece que no… No podemos volver al pasado, es algo imposible, por eso debemos dar un paso en dirección al futuro. Sin embargo, lo que ocurra después de que superemos la epidemia será cuestión de nosotros. En el caso de que seamos incapaces de imaginar un futuro diferente, entonces deberemos vivir en esta pesadilla continua por mucho tiempo.

Finalmente, debemos decir que los médicos se han convertido en los verdaderos héroes de la sociedad: arriesgan sus vidas para salvar a muchas otras. No saben cómo detener la epidemia, pero han aprendido una o dos cosas de todo lo que ha sucedido e intentan proteger a los demás. Por otra parte, debemos decir que el sistema de salud de Rusia dista mucho de ser la caricatura que describen sus críticos: por supuesto, no es perfecto y es particularmente malo en las regiones, pero el Estado lo ha intentado mejorar. De todos modos, este sería inútil si no tuviera como propósito ayudar al pueblo, pues en el fondo los médicos hacen parte de él y no son simples empleados o asalariados: ellos son, antes que nada, seres humanos. Si no fueran seres humanos, sino máquinas, hace tiempo que hubieran dejado de funcionar. Afortunadamente, ese no es el caso y siguen salvando a la gente.

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